Hace tiempo que no escribo. En parte porque mi situación personal ha sido una montaña rusa últimamente, en parte porque no tenía nada interesante que decir o nada que necesitara soltar. Hasta hace unos días.
Miraba a mi hijo, ya un hombrecito camino de su segundo cumpleaños y un pensamiento como una sacudida me vino de golpe "¡Coño! ¡Cuánto lo quiero!". Quiero decir que era más allá de la manida frase de "a mi hijo lo quiero mucho", etcétera, etcétera. Fue darme cuenta que me he apegado al mocoso. Mucho. Que aquella mata de pelo que sólo comía y dormía se ha convertido en una personita, con sus manías, sus gustos, su manera de caminar... su personalidad, en definitiva. Y te das cuenta que tu vida no podría ser igual sin él.
Aceptar que tu vida, antaño (orgullosamente) independiente ahora está ligada (pseudo-voluntariamente) a una personita de dos años ya es un pensamiento turbador, pero otro pensamiento, mucho más turbador si cabe, acudió a mi mente. Si algún día tengo otro hijo... ¿sería físicamente posible quererlo igual? La pregunta no es si se puede llegar a querer así a alguien, eso ya lo sé. La respuesta es sí, y lo vivo a diario, la pregunta es si es posible querer a otro. ¿Se puede tener este sentimiento por duplicado? ¿Sin explotar? ¿Tendré yo la capacidad de hacerlo? ¿No me sentiré como si "traicionara" al pobre que ya está aquí? ¿Qué pasa si al otro, al "intruso", no lo quiero igual? ¿Puedo dejar de querer, ni siquiera un poquito, a mi hijo mayor? Mil dudas me asaltan y hacen que la típica cuestión que se plantean los padres sobre si tener más hijos o no, la vea mucho más compleja que "nos apetece sí o no" o "nos lo podemos permitir sí o no", convirtiéndose más bien en un "estaré a la altura sí o no".
Ya se verá, intruso.
Muy bonito...y bueno...la verdad es que sí...ya se verá...faltan unos meses :)
ResponderEliminar